*Alejandro Badillo
Uno
Al principio había sido una sensación azul en los ojos, un pellizco en los nervios seguido de un estremecimiento en las paredes del túnel. Las náuseas volvían con la necesidad de escuchar alguna sirena y él trataba de reconstruir una voz suelta que recorriera el túnel como un perro meticuloso, testarudo, entrenado para seguir durante años el rastro de un cadáver. Al cerrar los ojos imaginó su soledad como un viejo de uñas afiladas, fragmentos de sombra tan volátiles que parecían jirones de ceniza flotando en el techo, buscando ganar consistencia para llenar la forma de un fantasma que perduraba minutos, horas, en la silla y que fumaba (en las horas que suponía era de noche) hasta toser, expulsar un poco de neblina y recitar que bajo tierra el mundo era más preciso, el letargo que lo invadía por el aire enrarecido permitía pensar mejor las cosas. “Pensar”, repitió mientras volvía a escuchar el bombardeo y sentía necesidad de frío, de calor, alguna señal de vida que estableciera un punto de referencia para seguir investigando, para no rendirse. Una vez, al regreso de una excursión en busca de comida, creyó oír un carcajada seguida de un reproche: “No intentes subir, allá arriba no hay nada que ver, siempre es invierno” y justo al terminar la palabra se concentraba en la nariz un olor a cerrado, el tiempo que se detenía a escasos centímetros de su boca y que después ascendía para estrellarse en la mente, en los ojos. Se pasaba la mano por la quijada, trataba de sorprender figuras humanas en las paredes. Pensó en el año: ¿2020? ¿2025? En realidad no importaba porque con la cifra sólo tenía vislumbres de un vago exterminio, quizá de una guerra que lo había olvidado y que con los años se había ignorado a sí misma, sus planes, mapas, objetivos, hasta reducirse a un golpeteo monótono, el toque marcial de un tambor que semejaba el latido de un hombre, los pasos de un gigante recorriendo un campo infinito que contribuía a mantenerlo vivo, sosegar su respiración hasta sincronizarla con la caída de las bombas.
Dos
Cuando cerraba los ojos también estaba dentro del túnel, un túnel un poco distinto, más húmedo, con esporádicas franjas de luz que lo recorrían como la frontera de un vientre materno; un espacio que lo mantenía cautivo, rodeado de oscuridad, que le jugaba bromas, le tendía señuelos como algún destello, la torpe imagen de una cara que lo dejaba embobado aunque la ilusión no perduraba y de pronto se sorprendía hablando, contándose su historia para recordarla, fabricar un instrumento mental que le permitiera revisar un instante, mirarlo en cámara lenta, bajo distintas perspectivas, como si examinara una joya en busca de algún defecto, un error cuya ausencia le obligara a examinar otro momento, hilarlo en silencio al anterior para poder comenzar de nuevo, esta vez con todos los detalles:
Vísperas del año nuevo. Estamos varados en un vagón atestado del metro. Hace calor, una mujer se abanica el rostro y me mira. Miro el reloj: ocho de la noche. La luz en el andén se interrumpe, los tubos luminosos parpadean, hacen intermitentes nuestros cuerpos. Alguien supone un suicida en las vías. Una voz comenta el creciente bamboleo, el temblor en el piso. A mi derecha un niño mira a su madre: sus ojos se encuentran, se dicen que será cuestión de segundos. El murmullo en el andén parece el aleteo asustado de un pájaro. Ocurre la primera explosión. Algunos corren, otros se limitan a observar los pedazos de cemento, piedras que caen en avalancha sobre las vías. Me mantengo en el vagón, decidido a morirme ahí, en espera del golpe definitivo en mi cráneo. Algunos mueren al instante, otros –cercanos al punto de impacto– se arrastran entre los escombros. Nadie mira a su alrededor con un gesto de tranquilidad. Nadie tiene lucidez en los momentos finales y por eso huyen, gritan, se pisotean, como si la propiedad de la muerte estribara no en el vacío sino en la locura; no en la parálisis, ni en el adormecimiento, sino en la rabiosa contemplación de un espejo. Trato de ir a la trinchera principal, ser blanco de los fragmentos que caen, quemarme con la brecha humeante que divide las vías, pero el ataque sufre una interrupción y en el desconcierto apenas logro percatarme de que ya no hay gritos, sólo el persistente olor a carne quemada que dificulta la respiración. Hago un inventario de mi cuerpo. Toco mis piernas, palpo mi estómago, recorro con los dedos mis costillas. Mientras me examino el aire antes pegajoso se vuelve más ligero, tal vez el preludio de una reconciliación, la tregua con un dolor que no siento, con la caída libre que se detiene a escasos centímetros del suelo y que me inmoviliza, me obliga a girar el cuello para que observe al otro lado de la ventana a la bomba en estado puro, no un cohete en forma puntiaguda, sino una esfera blanca que detiene el tiempo, lo convierte en un estanque en calma que reorganiza el mundo, le otorga alguna cualidad que no logro descubrir antes de la destrucción final. La esfera se estremece antes de perder su forma circular y extiende sus límites hasta volverse un manto espeso que colapsa metal, huesos, entrañas. El vagón es un barco hundiéndose lentamente, haciendo agua por la popa. Un destello perdura hasta que el vagón se transforma en una pecera luminosa. Resplandezco a medida que recorro el pasillo. Puedo ver cómo la luz ejerce su peso en la ventana. Un cuerpo inmenso y blando fractura el vidrio, lo trabaja con la obsesión de un orfebre hasta convertirlo en polvo brillante. Sobrantes de luz trepan por mi cuerpo: insectos blancos buscan las yemas de mis dedos no para incendiarlos sino para volverlos blancos, contaminarme para condenar mi vida y al mismo tiempo separarme de los muertos que yacen a mi pies, reconstruirme en el espacio que me ofrece la luz antes de hundirme para siempre en el túnel, antes de que mi mano se levante no con un gesto de amenaza, sino con la intención de dibujar en el aire la forma primordial de la bomba, su voz; la entonación que le da cuando dice que para mí no habrá muerte. El reloj sigue marcando las ocho de la noche.
Al llegar a la última palabra suspiró con tranquilidad. Se pasó la lengua por los labios en un intento por decir más, añadir un epílogo afortunado a la historia. Intentó abrir los ojos de una forma distinta, despegó los párpados poco a poco, como si se preparara para dar la bienvenida a una realidad diferente, quizás observar el inventario de un mundo nuevo, el vestigio de una ciudad enterrada que hasta entonces le había negado sus favores. Abiertos los ojos comprobó la banalidad de su esperanza. Ante él seguía el túnel, la grieta en el piso, muy parecida al cadáver de un gato. Pensó en anuncios neón, un color en el que pudiera concentrarse para dar un nuevo impulso a la soledad. La silla estaba vacía aunque el viejo imaginario –la línea chueca de su espalda– parecía perdurar en la penumbra como un objeto olvidado, carente de autor y de memoria. Alzó la vista al techo. Las sirenas no llegaban. Sólo pudo extender las manos en el piso, sentir el corazón pulsante, atropellado, buscando la sincronía con las bombas que regresaban puntuales para darle una absurda seguridad, una íntima medición del tiempo
Tres
Sueño de nuevo con las bombas, bombas como copos de nieve, bombas que caen como lluvia lenta, más ocupada en perturbar con el sonido que con la intensidad del daño. ¿Qué pueden romper, volar en pedazos, si con los años, con la mera persistencia han demolido cualquier vestigio de construcción? ¿Qué pueden hacer en la superficie sino volver más fina la arena rojiza, el recuerdo volátil de tantos cuerpos?
Terminó de escribir. Sonrió. La idea de la arena rojiza le pareció ridícula y tachó el renglón completo. Apoyó la pluma en la hoja maltrecha y trató de escribir un nuevo diagnóstico, pero se dio cuenta que pensar era internarse irremediablemente en una cámara oscura, entrar al terreno de las palabras sueltas cuyos significados se resistían, cambiaban para inventar un lenguaje al cual no tenía acceso. Aventó la pluma. La mente la sentía retorcida, a ratos hormigueante por el escaso alimento que encontraba a medida que recorría el túnel. Su experiencia reciente era la de un nómada que recolectaba latas de refresco, fragmentos de galletas, bolsas de papas fritas. Comenzó a olvidar algunos datos de su vida pasada: su número telefónico, la dirección de su casa. Temeroso de olvidar la fecha en que abordó el metro la grababa en las paredes del túnel. El olvido lo llevaba al desamparo, sin embargo, pronto comenzó a asumir cierta noción de orgullo, el natural prodigio de sentirse el único hombre, porque habían caído durante tanto tiempo las bombas que arriba no había vida, sólo un páramo consumido por el fuego, cubierto por una espesa ceniza. Sin testigos, sin una memoria que ordenara el mundo, el pasado se detenía de forma indefinida en la superficie, como una mancha que mantenía inmóvil el tiempo. Alzaba las manos como si quisiera tocar el pantano en que se había convertido el mundo. Alzaba las manos como si ayudara a intensificar el bombardeo, a volverlo un mar vasto, pródigo en aceite, radioactividad acumulada. Entonces disminuyó sus avances en el túnel, dándose tiempo para reconocer sus propiedades, las maravillas que dejaba la muerte. Protegido, asimilado a la tierra, sentía por fin su propiedad del futuro real, el destino de la vida y de la memoria reciente que oscilaba entre la lucidez y un intenso desvarío que le hacía avanzar a tientas en el túnel, como un animal ciego, dando tumbos, confundiéndose repetidas veces de camino.
Una noche, después de una jornada especialmente fatigosa, soñó el sueño del único hombre y cuando despertó tuvo miedo porque su originalidad lo volvía frágil, demasiado humano. Prevenido, comenzó a grabar su nombre, quizá para asegurarse su posteridad, para morir con la dignidad de un dios novato que nunca entendió su papel ni su herencia y cuya potestad apenas servía para retener algunos visos de locura, los laureles de la fiebre que lo coronaban por horas llevándolo a descubrimientos imaginarios en el túnel, a nombrar continentes entre la podredumbre, escalar pilas de cadáveres para otear con desdén el horizonte.
Terminada la grandeza, con el hambre royéndole el estómago, disminuyó de forma sensible su metabolismo; el pensamiento se alentó hasta sólo registrar el tañido del corazón o el pulsar de las bombas relacionado con el progreso de la luz en las paredes. Utilizó su letargo para fabricar una especie de arrullo, una melodía desconocida que fijaba la voz a su existencia y que le permitía alcanzar una inesperada sabiduría que le motivaba a hablar de nuevo, a entregarse a su historia, repetirla una vez más con una entonación que le permitiera sentirse ajeno. Habló entonces con la voz de otro hombre, un alquimista que sugería una forma distinta de articular la memoria, echar en reversa el transcurrir de ese día como si cambiara de improviso la ruta del agua: retuvo el boleto, empujó con la espalda el pasamanos y caminó hacia atrás en el andén. Faltaban unos minutos para las ocho de la noche.
En el camino a casa borró el pensamiento inútil que le provocó un insecto, deshizo algún gesto en medio de la multitud que esperaba cruzar la calle. Pronto estuvo en su casa, sintiendo una somnolencia anticipada, buscando con el cuerpo el contacto con las sábanas para dormir y despertar nuevo, dispuesto a abordar el mismo vagón repleto, rodeado por las mismas personas que lo miraban en silencio, expectantes, dándole la oportunidad para que esta vez pudiera encontrar la variación, el detalle que hiciera la diferencia.
Cuatro
Un día el bombardeo perdió fuerza hasta cesar por completo. La monotonía fue sustituida por el vacío y el silencio que ocupaba el túnel le pareció el de una calle blanqueada por el polvo. Al principio, incapaz de conformarse con la ausencia de un sonido al que estaba habituado, intentó remedar los golpes lanzando rocas, pateando escombros, poniendo la mano cerca del corazón para recobrar la antigua sincronía. ¿Qué había pasado? ¿Por qué la luz filtrada por los resquicios del techo no recorría las paredes sino permanecía intacta, como un insecto aturdido en medio de las vías?
Juntó sus provisiones, un poco de agua y fue al encuentro de la luz. Había hecho algunos preparativos en su último refugio y, mientras seguía la ruta obcecado, tentados los labios por alguna canción de fuga, quiso creer que iba a ser sustituido por otro, alguien que repetía por inercia su itinerario y que en poco tiempo estaría husmeando en el mismo trecho del túnel. Pensó con amor, casi con desesperación, en un rostro indefinido, en un hombre o mujer más aptos para gobernar aquella oscuridad; alguien destinado a la tarea ruinosa, tal vez infinita, de nombrar sombras, dar orden a aquella revuelta de islas y continentes. La luz dejó su inmovilidad y comenzó a ascender por una de las paredes, al principio segura, después un poco indecisa, como si tuviera que ajustar algún trazo a su recorrido.
Caminó un día entero hasta notar que el haz de luz ascendía. Cerró los ojos, como si recibiera en pleno rostro una lluvia de hojas: las venas en sus brazos eran ríos. En su último refugio había dejado una carta, el testamento de un dios arrepentido, derrotado:
Después de numerosas reflexiones, he concluido que salir del túnel es posible, en realidad es tan fácil que eso mismo impide el escape. Piensa en una frontera invisible, una cerca hecha de un olor que, a pesar de ser imperceptible, te obliga a detenerte. No olvides el bombardeo, la cuenta atrás con los dedos hasta que, sin darte cuenta, comiences a contar latidos, espirales de pasos. Mueves un pie, luego otro, cada vez más arriba y así formas escalones en el aire que te elevan hasta mirar el cielo manchado de rojo y te sientes con la consistencia de un demiurgo, de un Adán liberado de la servidumbre, que pasa sus días haciendo malabares con las bombas. Es tan sencillo como si estuvieras en una historia de ciencia ficción, en una película donde combates con diablos caídos del cielo, acertijos que se desgranan y que parecen una insólita reunión de insectos. Después de la batalla siempre podrás apartar nubes y, a pesar de no destruir por completo al enemigo, tendrás ánimo para bajar a tu refugio y preparar una próxima escaramuza. Sólo ocúpate de pensar, dibujar parábolas perfectas, líneas punteadas que parecen inofensivas pero que en realidad reproducen la trayectoria probable de las bombas. Imagina las explosiones, piensa en ellas como espectáculos de luz, murmura palabras como ¡pum! y ¡pas! y el sonido en tu boca las obliga a obedecer, explotar donde les indiques. No duermas, dedica tu insomnio como si ofrecieras una oración a la humanidad y así el exterminio será menos vulgar, más preciso: cae una bomba, 100 personas; cae otra, l50. Piensa en esa constelación de muertos, en sus brazos blancos, tal vez azules. Fueron afortunados porque antes de morir hubo un gesto de maravilla en sus ojos, porque un ángel de luz desbarató sus cuerpos y, antes de salir de casa, colocó los retratos en su lugar y apagó la última vela. Vuelve a dibujar la bomba, no como un proyectil, sino como una esfera perfecta, que regresa el tiempo, lo cambia de lugar, le pone flores.
Llegó a un pasaje que conectaba a un canal de desagüe. La señal luminosa seguía firme en la penumbra, forzándolo a seguir. Se arrastró entre desperdicios y un fango oloroso a muerte. Tuvo la sensación de insectos en la cara. El canal se abría y al final dejaba ver el inicio de una escalera. Se aferró a los escalones y comenzó a subir. Antes de llegar al último peldaño tuvo un presentimiento y preparó su último discurso, el que dejaba a la soledad, al nuevo ser que lo sustituiría: “Te preguntarás por qué me voy, porque en mi convergen el pasado y el futuro, porque el presente no basta y los hombres que alguna vez existieron necesitan que salga”.
Cinco
Al principio es la misma sensación azul en los ojos. Después comprende que es un estremecimiento distinto, tal vez los nervios de ver cómo la luz se abate entre el polvo, cómo lo aparta hasta deslumbrarlo, volverlo –por instantes– ciego. Siguen sin llegar las sirenas, sin embargo, puede oír el sonido compacto de los autos, pisadas sobre asfalto caliente. Se apoya sobre los codos; apenas encuentra apoyo para impulsarse, rodar fuera del vértigo y descansar un momento. Cubierto de polvo, parece una criatura recién nacida, expulsada de la tierra para ir al encuentro de un sol desconocido. Se pone en pie.
Tiempo después, mientras grabe su nombre en las ruinas de una casa, se preguntará si hay un mundo subterráneo, si existió el tiempo en que habitó el túnel o si todo es un simulacro, una historia condenada a repetirse. Por ahora sólo puede alzar la cabeza, caminar entre gente que lo ignora, en un flujo continuo cuyo motor es la indiferencia, la prisa. Agotado, apenas con fuerzas para sentirse satisfecho, se detiene en una esquina para contemplar los anuncios luminosos, los autos sincronizados y brillantes.
Reconoce el mundo que abandonó y que creía perdido. Siente la lengua áspera. Se apoya en una pared porque vuelve a sentir el azul en los ojos, pero esta vez parece más real, ya no es un preámbulo, una necesidad, es la certeza de ver las miradas apuntando al cielo, el azul contaminando otros ojos. Las manos dejan caer portafolios y bolsas. Las bombas comienzan a caer.