*Pelao Carvallo

La guerra es el momento autoritario que los territorios sufren para actualizar la pedagogía de la violencia y el militarismo, mediante la gran operación publicitaria de la guerra que es la guerra misma. Enseñada la gente en las escuelas, en las pelis, en las universidades, en la iconografía a saber la guerra, cuando esta se actualiza en un territorio (y solo cuando se actualiza) vuelve a llamar nuestra atención mediante la repetición de lo repetido. Por ello, frente a la guerra no cabe el silencio.

La guerra se hace para que no olvidemos que debemos sufrir la guerra y que en ella viviremos, en toda su extensión, la vivencia autoritaria con toda su práctica y contenido de machismo, arbitrariedad, jerarquización y desdén por la humanidad. La guerra es el momento en el cual el poder, la síntesis del paradigma de dominación y violencia1 que vivimos se despliega en toda su intensidad, exageración y sin adornos, pese a la romantización que hace de ella el relato cliché y heroico que también se actualiza al mismo tiempo.

Contra esta guerra, y este su momento de actualizaciones. es que lxs antimilitaristas de América Latina y el Caribe se han pronunciado sin ambages2, expresando radicalmente su solidaridad, apoyo y cariño a quienes hacen huelga a la guerra no participando en ella, ya sea desertando, ejerciendo su derecho humano a la objeción de conciencia o cualquier forma de insumisión y negación a cumplir el mandato patriarcal y capitalista de la guerra.

Como guerra nueva3 que es la invasión rusa a Ucrania es el momento perfecto para estas actualizaciones en tanto es una novedad espantosa y espectacular, en tanto está involucrada en ella, como agresora, una potencia nuclear. Las noticias, los memes, las conversaciones están llenas, refrescadas, envueltas en guerra, guerra, guerra y más guerra. Nos toca vivir el catecismo bélico para convertirnos, queramos o no, al culto de la aceptación pragmática del culto militar.

Eso es lo que el antimilitarismo latinoamericano y caribeño rechaza, contradice y niega ahora y antes. Por coherencia y por sobrevivencia, dado que el antimilitarismo es la resistencia social expresada políticamente a la militarización de las sociedades por los estados que ocupan los territorios en los cuales esas sociedades viven y se realizan, militarización que dio origen a esos estados y permite su persistencia en la historia. Por ello es que la actualización de la guerra es esencial a la supervivencia del Estado como institución, independiente de que en la guerra alguna forma de estado desaparezca. En la guerra, por publicidad, la libertad es siempre un asunto que sucederá cuando ella termine. Y no sucederá, porque el poder (dominación-violencia) ya hizo su pedagogía.

El antimilitarismo se opone, por sobrevivencia de las comunidades, los territorios, las sociedades, a toda institución militar, envuelta en cualquier uniforme, bajo cualquier bandera, y sintonizada bajo cualquier ideología política, en tanto toda institución militar es pilar sólido tanto del paradigma del poder (dominación-violencia) como de las instituciones que lo ejecutan en el cotidiano: los estados, el patriarcado, el capitalismo y las jerarquizaciones discriminadoras raciales y lingüísticas. La reproducción del militarismo es también la reproducción del capital, del patriarcado y de la discriminación. Es, el militarismo, bajo la bandera que sea, reproductor de sí mismo en tanto es parte constitutiva del actual y permanente estado de las cosas, de las cosas que nos dominan y violentan.

Y ahí reside un límite para el antimilitarismo latinoamericano y caribeño: el militarismo ha desplegado históricamente una gran propaganda que, mediante romantizaciones, ha construido un abanico de seguidores, fans y propagadores que van de la extrema derecha a la extrema izquierda (y viceversa). Este momento de guerra, actualizador del militarismo, su propaganda y su pedagogía, provoca orgasmos ideológicos en la izquierda militarista con imágenes de vecinos ucranianos preparando molotovs y tanques rusos portando banderas de la Unión Soviética, sin contradicción alguna. La derecha recalcitrante orgasma pensando en lo que pudo haber hecho Trump, o Bolsonaro o Modi contra México, Venezuela y Pakistán respectivamente, si hubiesen tenido “las agallas” de Putin, quien acaba de acabar con el tinglado internacional construido en 1945, tras la derrota del nazismo alemán y el militarismo japonés, refaccionado en los años 1990s para beneplácito del imperio estadounidense.

El militarismo, pues, tiene secuestrado el pensamiento y la acción de mucha gente rebelde que, para lo militar, no es nada rebelde, pues acepta como solución al Poder (dominación-violencia) el mismo Poder, pero distinto, actualizado, idealmente por esa misma gente rebelde. Los llamados progresistas, rebeldes y académicos al “pragmatismo” respecto a esta guerra en Ucrania y todas las demás, da cuenta de la sumisión ideológica de esos actores políticos al militarismo. Las fantasías militaristas de buena parte de la izquierda (incluyendo al anarquismo) ayuda de manera reaccionaria a mantener al día el estado permanente de cosas que sostiene la economía, la política y las relaciones que conocemos. El antimilitarismo, ante esto, es la voz incómoda en tanto es antiimperialista de todos los imperios, antiguerrera de todas las guerras, antipatriarcal de todos los patriarcados, anticapitalista de todos los capitalismos.

La guerra, en tanto actualización del autoritarismo, es un despliegue contra todas las formas que las sociedades que hacen a los territorios latinoamericanos y caribeños tienen de rebelarse a los instituido: lo comunitario, lo vecinal, lo risible, lo alegre, lo regalado, lo compartido, es decir todo aquello que hace a la libertad socialmente construida y que se expresaron en toda su potencialidad, por ejemplo, en la primavera andina4 y la resistencia a la pandemia militarizada5. Es imple y triste, especialmente para quienes se dicen anarquistas, pero la guerra es incompatible con la vivencia de la libertad socialmente construida. O se está con la guerra o se está con la libertad de las comunidades porque toda guerra es opresión concreta, actual, ausencia de libertad, liberticidio, ecocidio.

Quedarse con las opciones que nos dan es someterse y el antimilitarismo latinoamericano y caribeño, coherente dentro de su flexibilidad, no se somete y está contra la guerra, esta, otras, todas, porque son la misma, contra las comunidades por una parte y favoreciendo el extractivismo, la explotación financiera que también (y, sobre todo) nos afecta en el sur global.

Pelao Carvallo

27/02/2022

1 https://www.clacso.org/anarquismo-en-tiempos-de-punkdemia/

3 No tanto, realmente inició el 2014. O en 1991. O en 1921.

5 Boletines sobre militarización en pandemia: https://ramalc.org/publicaciones/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *