Alain Castruita

De pie y agotado por el aire tan seco, apenas alcanzas a ver el vértice donde se tocan los caminos perimetrales. La imagen reverberante casi se derrite. Desde que te bajaron de la camioneta no has hecho mas que hablar contigo mismo para no sentirte abandonado. Caminas despacio con los pies envueltos en tus botas industriales, a tu izquierda fluye sin parar el canal de agua puerca. A la derecha se eleva como pirámide, tapizada con arcilla una montaña cuyas entrañas se forman de la basura de la ciudad, capa tras capa. Año tras año.

Ay Alfredo. Dijiste que contarías los árboles del perímetro del basurero porque estabas asqueado del aburrimiento. Tu jefe, incómodo por tu llegada no sabía qué hacer contigo. Incluirte en actividades relevantes era comprometedor para él. Por eso te dijo con palabras firmes: Aquí el escalafón es por defunción.

Prometieron volver por ti en dos horas. Tararea una melodía Alfredo, algo entretenido. Entonas una melodía un tanto solemne. A veces bajito a veces a gritos. No empieces a imaginar cosas Alfredo, aunque el calor te haga desvariar.   Ahí están los árboles maltrechos, mal alineados tratando de sobrevivir en este suelo salino. Desde un flanco ellos toman el líquido tóxico que emana de la basura. Desde el otro el agua sucia del drenaje de la ciudad.  ¡Esto no es un bosque! Es desierto de lo que alguna vez fue el lecho del lago.

¿Alfredo, dijiste que eso enorme ahí de pie es el resultado de treinta años de basura apilada, acomodada, compactada y recubierta? -Si, es una pirámide de la modernidad.- Respondes como dando una clase. Una lección que dictas a una audiencia que no atiende. -El mausoleo de lo inútil y lo olvidado. Aquí yacen hasta muertos de desastres y de la guerra. Los frutos de la violencia. Doce metros visibles de historia tan solo de altura. Muchos otros metros más de profundidad. Este mazacote se hunde de a poco hacia las entrañas de la tierra.

Cómo eres ingenuo Alfredo al encontrarle gracia a esta actividad. ¿Contar árboles? Se burlan de ti los operadores de maquinaria. Ellos saben que pronto morirán esos jóvenes árboles por el veneno que emana de las entrañas de la tierra. Morirán bajo la bota del jefe que esta dando indicaciones dónde depositar más arcilla para esconder lo que hay debajo. Morirá bajo el metal de ese monstruo enardecido que empuja, aplana, rastrilla, jala, compacta.

Espero que te hayas hidratado bien. No es solo calor en forma de aire lo que respiras. Este aire es denso y te abraza. Es la respiración incesante del tamal que yace ahí tendido en constante putrefacción. ¿Qué habrás de aprender de esto si no servir al interés común? No quieras saltar a ser un mártir de las actividades no prioritarias.

Alfredo. ¿Qué más ves ante ti? Más que una zona masacrada que es testigo de la violencia del humano hacia el entorno. Lo que esta ahí enterrado son los vestigios del crimen de usar para tirar y después enterrar. Alfredo tú también eres desechable, como esos árboles que sólo sembraron para tomar la fotografía en el catálogo de actividades de remediación.

Cuatro llantas debajo de un motor revolvieron de pronto la arena. El sonido de la grava sucumbe bajo el peso del vehículo. La nube densa se apresura hacia ti y choca con todo tu cuerpo. Raspa. Alfredo. ¡Sube al vehículo y no vuelvas más! En este lugar todo llega a morir.

Aquí, nunca habrá árboles ancestrales.

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